Desde poco después de empezar en esto de la fotografía, la fotografía nocturna caló en mi muchísimo. Tanto caló que siempre que podía indagaba más en este género. Tal es mi gusto por esta modalidad que tenía muchas posibilidades de ser el tema principal que abordaría en mi proyecto final.

Era una noche a finales de abril y me encontraba tumbado en mi cama reflexionando
sobre cosas banales típicas de alguien que no puede dormir y mientras reflexionaba,
miré por la ventana y vi los mismos rayos de luz que habían todas las noches a la hora
de dormir: rayos de luz de tungsteno anaranjados que entraban por mi ventana, que
pretendían iluminar aquello que por si mismo no debería tener luz : la noche.

Siempre hay actividad en las calles, siempre hay gente a todas horas de la noche independientemente de la época del año y por consecuencia, siempre hay luz. Debido a la actividad nocturna de esta gran ciudad, es casi imprescindible que las calles estén iluminadas por una razón más bien práctica para quien transita las calles a altas horas de la noche pero más allá de una razón práctica, la iluminación nocturna sin ningún límite produce contaminación lumínica y tiene consecuencias nocivas para las personas, para los animales y también tiene un impacto medioambiental.

Por culpa de la iluminación desmesurada de las calles y junto a la contaminación, ha contribuido a que ese paisaje se pierda por completo en las grandes ciudades por lo que mi reto consistía en buscar aquellos lugares en los que todavía era “de noche” y “capturarlos” antes de que se perdieran, aunque una fotografía fuese muy poco comparado con lo que realmente es contemplar el paisaje nocturno.

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